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William Kentridge busca esperanza en la desgarradora ópera ‘Wozzeck’

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La ópera ‘Wozzeck’, de Alban Berg, está protagonizada por un soldado humillado y sometido a experimentos psiquiátricos por un médico sádico. Cuando descubre que Marie, la mujer con la que ha tenido un hijo, tiene un romance con el Tambor Mayor de la banda, el mundo se le derrumba. «Es la historia de un hombre que mata a su mujer, luego se ahoga y el niño se queda sin padres, de modo que en el argumento no hay demasiada esperanza», admite el artista William Kentridge,
responsable de la puesta en escena del icono de la ópera del siglo XX que se estrena este domingo en el Liceo.

Pensar que Berg compuso esta obra maestra en 1922 impresiona. Ahí están los temas que hoy seguimos leyendo a diario en las páginas de ABC: los desastres de la guerra, el drama de la violencia de género, nuestra frágil salud mental. Pero todavía es más preocupante tener en cuenta que la ópera se basa en la obra teatral que Georg Büchner dejó inacabada al morir… ¡en 1837! El barítono que encarna al protagonista, Matthias Goerne, constata que «tienes la sensación de que la pieza se escribió expresamente para los tiempos en que vivimos».

Para explicar esa sensación de vernos en una fotografía actual que nos sacaron hace casi doscientos años, Kentridge comenta que «es una ópera sobre la violencia que deriva de la desesperación, es una cuestión muy contemporánea». Un tema, por tanto, universal, que por desgracia nunca pierde actualidad.

Bombas y cadáveres
El creador, de hecho, llama la atención sobre el detalle que Buchner habla de cielos rojizos, de la tierra abriéndose y de experimentos abriendo el cráneo de pacientes. Habría que esperar a la primera y a la segunda guerras mundiales para ver las imágenes de bombas y cadáveres que el dramaturgo había vislumbrado. Entre la una y la otra, Berg descubrió a Buchner y creó esta ópera. El 5 de mayo de 1914, el compositor asistió a la primera representación del ‘Woyzeck’ de Büchner, que había quedado inédita a su muerte. Impactado por la historia, trabajó durante ocho años en los que creó un universo musical inquietante, puramente expresionista, y añade al argumento su propia experiencia como trabajador del Ministerio de Guerra durante la I Guerra Mundial.

Es precisamente en ese impulso creativo de Berg y Büchner donde Kentridge percibe un atisbo de esperanza. «El optimismo siempre está en el hecho de crear algo, más que en la historia que se narra», asegura. Para el artista, es necesario «separar el argumento, que no deja espacio para la esperanza, del extraordinario optimismo que encierra el acto de creación de Berg y Büchner, e incluso de los intérpretes que lo llevan a escena en el Liceo».

Musicalmente, la partitura avanza lo que más tarde se definirá como la Segunda Escuela de Viena, con Schönberg, Webern y el propio Berg a la cabeza. El director musical de la producción, Josep Pons, asegura que «sigue siendo la ópera más difícil de dirigir de todo el repertorio». En ella conviven los pasajes tonales, los atonales y el dodecafonismo. «Y todo esto, en el marco de una forma clásica en tres actos, con planteamiento, nudo y desenlace», añade Pons. De hecho, Berg se permite un juego prácticamente imperceptible para el oyente, que es dedicar cada uno de los actos a una forma musical clásica: la suite, la sonata y la variación, respectivamente. Un juego de referencias y guiños a la tradición en el marco de la vanguardia del siglo XX que aún hoy sigue fascinando a los estudiosos del periodo.