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Fin de semana ‘a la madrileña’: Del suelo del bar de toda la vida al cielo de los mercados de diseño

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Aunque el 40 de mayo queda lejos, este fin de semana se sale en Madrid sin sayo. El calor aprieta y pese a que las terrazas parecen ser la nueva quintaesencia del ‘madrileñismo’ institucional, todavía hay quienes prefieren la magia de la barra, del talonear buscando un apoyo para después dejar caer con la gracia de la tradición el codo en la barra. Ese ángulo de 90 grados que forma el brazo del parroquiano es el epítome de la verdadera libertad: los amantes de la terraza son prisioneros (al menos por un rato) de su silla conquistada. No se atreven a buscar otro bar por miedo a no volver a encontrar mesa disponible. Y en la paz de ir transitando la tarde de barra en barra, Madrid tiene en los mercados su particular oasis.

Hace una década que los mercados cambiaron sus puestos de toda la vida para satisfacer los apetitos de los turistas de fin de semana, esos que no habían pisado un lugar de abastos desde que iban con la abuela empujando el carro. Los vecinos de centro nos quedamos sin aceras ni lugares para comprar comida que no sea envasada para que los visitantes de sábado puedan gozar. Pero ya llorar por la gentrificación es una guerra perdida. Así que dejémonos llevar por la corriente que llena las calles hasta aterrizar en la primera parada de este fin de semana.

Viernes de serrín y servilletas en el suelo
Subir desde la renovada Plaza de España por la calle del Pez todavía nos permite descubrir sitios con algo de personalidad no impostada. Murió El Palentino, se cerró el Farmacia de guardia y clausuraron la esquina de Corredera. De ellos nacieron locales como hay trescientos, con la misma carta y el mismo mobiliario ‘fake vintage’. Huyendo de ellos queda en Pez el ADC (que antes vivió de los que no entraban en El Palentino y ahora tiene ya a sus habituales), el Pontepez (que fue de los primeros en renovar una calle que por entonces no era la más recomendable) y más arriba, pasando la plaza de San Ildefonso hasta Espíritu Santo, aparece la Almudayna, otra barra imprescindible con acento gallego para beber, picar y disfrutar.

Irá cayendo la noche y, entre tapa y tapa, igual apetece algo más contundente. En Casa Baranda o Bodega de la Ardosa (Colón, 13) se puede picar algo tradicional si los turistas lo permiten (suele haber cola). Algo más modesto (y moderno) pero también interesante es el bocadillo de pastrami del Craft 19 (al lado de la Almudayna). Y, para redondear la noche en forma de postre, un “yayos” en Casa Camacho, el anticóctel ‘malasañero’ en un bar de los de solera, de esos en los que todavía parece quedar el espíritu del suelo lleno de serrín, servilletas y huesos de oliva. La seña de identidad de lo que era Malasaña hace no demasiados años (y que no sabemos si queremos que vuelva, en realidad). Con la mezcla de vermú y ginebra del ‘yayos’ en el cuerpo, y sin trazas de calor en la calle, la noche continuará para cada uno según las ganas.

Sábado de suelos de mármol y platos de pizarra
Del suelo de los bares más castizos del centro al cielo de la alta cocina madrileña en formato barra. El Food Hall de Galería Canalejas es ideal para un capricho de sábado. El espacio se ha convertido en un paso obligado para aquellos a los que ya se les han quedado «pequeños» los mercados populares (Vallehermoso, Chamberí…), que ni se plantean el más canalla (San Fernando) o que están hartos de los más turísticos (San Miguel, San Antón..). Aunque en Canalejas los turistas también abundan, la cantidad es menor. Se puede probar un poco de todo (en las barras) o elegir centrarse en uno solo puesto. Ahí aparecen propuestas como Le petit dimsum (asiático, con variedad de gyozas y, claro, dimsums), Salvaje, con una interesante mezcla de ‘japo’ con mexicana, o 19.86 by Ruben Arnanz (que recomendó Adrián Delgado). Y si nada te llama, apuestas por las ostras con champán en la barra de Sorlut, que no falla.

Si quedaran entradas a la venta, la tarde del sábado se completaría viendo a Bárbara Lennie con Javier Cámara en ‘Los farsantes’, en el Centro Dramático Nacional. Pero querido lector, a estas alturas esto ya es ficción, así que mantengamos el título de la obra de teatro con otra recomendación que no cumpliría ningún asiduo de Canalejas. Un viaje a la zona de Goya pero no para disfrutar de la zona, sino para entrar al Wizink (entradas mediante) a un ‘revival festivalero’ de punk que llenará de nostalgia a algún treintañero desnortado y de ganas de saltar a los pocos tardoadolescentes que no bailen al ritmo de Chanel. Millencolin, Pulley y Blowfuse son los teloneros de los veteranos Bad Religion, que celebran cuarenta años de carrera vendiendo discos (y camisetas).

Domingo de vermú en la sierra
Los domingos que hace no mucho eran para dormir la resaca hoy son más activos. Cosas de la edad. Pero, para no perder ritmo del fin de semana, se puede compaginar el paseo por la sierra de Madrid (que siempre es un recurso para soportar el calor de la capital) con algo más animado.

Desde hace un tiempo, en el mes de mayo, los pueblos de la sierra ofrecen sábados y domingo los planes que antes acogían las plazas más céntricas cuando no había solo espacio para las terrazas de los bares. Ahora hay que coger el coche para disfrutar de las ‘Sesiones vermú’, una excusa para ver gratis a grupos pequeños pero interesantes y echar el día en el campo.

Este domingo se puede elegir entre ver a Flores y Santi Araujo en Pelayos de la Presa (y pasar el resto del día en el Pantano de San Juan, que hará calor) o a Niña polaca en Buitrago del Lozoya (y tirar también de la opción pantano, esta vez más al norte).