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Sexo, drogas y exilio en Villa Nellcôte: el camino del exceso de los Rolling Stones más salvajes

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Salieron pitando de Inglaterra en un intento por mantener sus fortunas a buen recaudo y acabaron encontrando su Jardín del Edén, un Valhala con barra libre de excesos y servicio ininterrumpido, en la Costa Azul francesa. Villa Nellcôte. El refugio de los

Rolling Stones
más salvajes y despendolados. La Fortaleza de la Soledad de una banda que moldeó el caos y la mugre, la banda sonora de una fiesta sin fin en la que solo existían las madrugadas, hasta dar forma a ‘Exile On Main St’, disco publicado el 12 de mayo de 1972 y que cumple ahora 50 años, medio siglo de nada, convertido en perfecto ejemplo de que incluso los planes más descabellados pueden salir bien. Ceniceros a rebosar y botellas vacías; sillones versallescos y guitarras eléctricas; miradas perdidas y rostros como recién encalados; lámpara de araña y drogas a paletadas. ¿Qué podía salir mal? <iframe src=»//www.youtube.com/embed/UXcqcdYABFw?wmode=transparent&amp;jqoemcache=6un2R» width=»425″ height=»349″ allowfullscreen=»true» allowscriptaccess=»always» scrolling=»no» frameborder=»0″ style=»max-height: 600px; max-width: 800px;»></iframe>

Así resume Keith Richards en su autobiografía ‘Vida’ lo que ocurrió alrededor de ‘Exile On Main St’ a principios de los setenta. «Nos marchamos a Francia en la primavera de 1971 y alquilo Nellcôte, una mansión en la Riviera. Mick se casa en Saint-Tropez. Montamos un estudio móvil en un camión para grabar ‘Exile On Main St.’ y empezamos a hacer una horario de grabaciones nocturnas que resulta muy prolífico. Vamos a desayunar a Italia en una lancha fueraborda. Agarro el ritmo con la guitarra de cinco cuerdas. Aparece Gram Parsons y Mick se pone celoso. Me aíslo con las drogas y nos agarra la policía. Veo por última vez a Gram en Los Ángeles, pasamos un tiempo y me engancho seriamente con mierda de segunda. Huyo a Suiza con Anita para hacer una cura, afronto los horrores del mono y escribo ‘Angie’ mientras me recupero».

El milagro, visto lo visto, no fue fue que los británicos regresaran de su exilio dorado con un doble álbum de rock braseado y blues ardoroso, un disco que, como señala el biógrafo de Mick Jagger, Philip Norman, «no sobrepasó los límites de la decencia pop: los saltó con pértiga». Nada de eso. El auténtico milagro fue que Richards, cerebro abollado de una grabación aparentemente sin brújula, saliese de ahí con vida. También para eso, sin embargo, tiene una explicación el guitarrista. «Mi supervivencia no sólo la atribuyo a la altísima calidad de las drogas que me metía, sino también a que era muy meticuloso con cuánto me metía: nunca le he puesto un poco más para estar un poco más ciego».

Morfina y heroína
Al poco de aterrizar en Francia, Richards se raspó toda la espalda en un circuito de karts de Cannes y durante la recuperación acabó enganchado a la morfina. Y cuando se le acabó la morfina, entró en escena la heroína que el cocinero de Villa Nellcôte, Jacques el Gordo, traía de forma regular desde Marsella. «El caballo me ayudó con la mentalidad de asedio, era como mi muro de protección frente a todo lo que pasaba a diario», explica.

Boda de Mick y Bianca Jagger en Saint Tropez en 1971

AP
Luego vendrían las caóticas sesiones de madrugada, el pellizco del country, esas tomas repetidas veinte veces, los teléfonos sonando a las cinco o las seis de la mañana porque Keith había descubierto la manera de encajar las dos guitarras de ‘Rocks Off’, las quejas de Mick Taylor porque alguien le había pispado el cable del micrófono para atárselo al brazo e inyectarse heroína, las idas y venidas constantes de invitados… También el robo de buena parte de la colección de guitarras de Richards, una explosión en la cocina y una acusación de tráfico de drogas y prostitución que acabó en nada, cóctel molotov sin el que ‘Exile On Main St.’ hubiese sido una cosa completamente diferente.

Mick Jagger, Cantante de los Rolling Stones
Richards, maestro de ceremonias, manejaba la batuta de la bacanal y, al mismo tiempo, marcaba el ritmo del grupo. «Las canciones flotaban en el aire, y si estabas alerta o cerca en la hora adecuada y te sentabas con un instrumento, podías cazar una o dos», explicó el guitarrista hace años. Y vaya si flotaban: los Stones llegaron a Francia únicamente con ‘Sweet Virginia’, canción que finalmente no entró en ‘Sticky Fingers’ (1971) y cazaron al vuelo ‘Rocks Off’, ‘Tumbling Dice’, ‘Happy’, ‘Shine A Light’, ‘Ventilator Blues’ y ‘Let It Loose’, entre muchas otras. Las drogas, queda claro, fueron importantes, pero también el duende. Ese mojo que Richards exprimió hasta sus últimas consecuencias y que el grupo acabó de pulir, por decir algo, en Los Ángeles.

Keith Richards y Charlie Watts

DOMINIQUE TARLÉ
«Nos obligaron a marcharnos por asunto de impuestos. En Inglaterra nos estaban esquilmando, y de repente, sentimos todo el peso del imperio sobre nuestras espaldas. Así pues, la única salida era irse de allí y organizarse en otro lugar. Nos dijimos: ‘Chicos, nos mudamos; seamos una familia’. En cierta forma fue estimulante, y por eso ‘Exile…’ acabó siendo un álbum doble», resume en ‘According To The Rolling Stones’ el guitarrista, timonel y motor de un disco que Mick Jagger nunca se ha cansado de relativizar minimizando su impacto y cuestionando su calidad. «Es curioso que a todo el mundo le guste; la verdad es que no sé por qué. No hay ningún éxito en él, aparte de ‘Tumbling Dice’. Hay muchas canciones malas, y sólo unas cuantas que se puedan interpretar en un escenario», dejó dicho un Jagger al que el tiempo no ha hecho más que quitarle la razón.

En realidad, la reacción del cantante estaba en plena sintonía con la crítica del momento, que recibió el disco con tibieza (alguien la calificó de «obra maestra malograda») y lo despachó como una grabación que no podía hacerle sombra a ‘Let It Bleed’ (1969) o ‘Beggars Banquet’ (1968).

Medio siglo después y muy a pesar de Jagger, ‘Exile On Main St.’ está considerado como la gran obra maestra de los Rolling Stones y uno de los grandes mitos fundacionales del ‘rock and roll way of life’ en su versión más asilvestrada y setentera.