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La sombra de Zelenski planea sobre Eurovisión, «un festival político que no debe ser politizado»

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¿Aprovechará Zelenski el mayor altavoz de Europa para lanzar un mensaje contra la invasión que sufre su país? ¿Será el presidente ucraniano el portavoz que cante los votos en la final de Eurovisión? Los rumores, que de momento no pasan de ahí, muestran que la despolitización absoluta del festival es una quimera. «Eurovisión, como todos los grandes eventos, comunica políticamente, al igual que un Real Madrid-Bayern de Múnich. Es la Europa del Sur contra la del Norte. Todo acontecimiento de alcance internacional tiene trasfondos políticos y es sano que lo normalicemos. No hay nada disociado por completo de la política», asegura David Redoli, sociólogo y ex presidente de ACOP (Asociación de Comunicación Política).

El analista, que sigue Eurovisión porque lo considera «un fenómeno cultural y sociológico», no cree sin embargo que sea conveniente una victoria de Ucrania, principal favorita, por razones extramusicales: «Si gana un país por cuestiones cien por cien ajenas a su representante musical o artístico creo que desnaturalizaría por completo Eurovisión. Tiene que haber también aceptación por parte de los jurados, que esa canción tenga unos atributos. Y siempre se ha visto algo, ya sea porque la canción supone un revulsivo o es innovadora o diferente o tiene calidad».

Viñeta profética de Nieto, publicada en mayo de 2018 – ABC
¿Cuánto hay de política en Eurovisión? «Es imposible saberlo. Hay política, como en el fútbol, en el atletismo y en todo, pero creo que nadie puede aseverar con rotundidad hasta qué punto está completamente politizado o nada politizado». En este sentido, no son tan relevantes las habituales alianzas que se observan cada año en las votaciones, que a menudo «tienen más que ver con afinidades puramente personales». «Es un mundo de personas que se conocen entre sí, no son solo expertos independientes. En otros sectores también hay redes de afinidad personal. Y es normal que los países de Europa del Sur tengan entre sí más afinidades, al igual que entre los países de Europa del Norte», explica Redoli.

La exclusión de Rusia, por otro lado, le parece importante, aunque no pase de ser «simbólica». «Es lo que se pretende, hacer saber a un país que no es bienvenido en muchos ámbitos: político, deportivo, cultural, musical, por una agresión contra otro país sin que haya una justificación. Por supuesto, esto no le afecta nada a Putin, pero forma parte de ese paquete de medidas de rechazo, no al pueblo ruso, sino a su presidente».

Todo ello no es incompatible con la voluntad de la UER de impedir exhibiciones políticas en el festival: «Ocurre igual en los estadios de fútbol. Es fundamental que no puedas sacar una bandera nazi, por ejemplo. Cada cosa debe estar contextualizada. No es normal que haya banderas de partidos. No se debe politizar Eurovisión, aunque Eurovisión se celebre en un contexto político».

Un poco de historia
En 2016, ganó la ucraniana Jamala con la canción ‘1944’, una denuncia en toda regla a la deportación de los tártaros de Crimea. La organización del festival dio el visto bueno a la letra por su carácter histórico, pese a las protestas de la delegación rusa.

La cantante rusa Julia Samóylova fue vetada por el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) en 2017, tras ofrecer un concierto en la península de Crimea. Pudo participar un año después – Efe
«El festival de la canción de Eurovisión no es un evento político», aseguraba la Unión Europea de Radiodifusión (UER) en 2018, en el mismo comunicado en el que anunciaba un endurecimiento de sus normas. La simple mención de un partido quedaba prohibida. El cambio era la respuesta al veto ucraniano del año anterior a la cantante rusa Julia Samóylova, por haber participado en un concierto en la península de Crimea, anexionada por Rusia en 2014. No se le permitió entrar en el país y menos aún llegar a Kiev, sede de la final.

La delegación rusa intentó que su representante actuara al menos de forma telemática, pero la opción no fue aprobada, pese a la multa de la UER. La delegación terminó retirándose. Ni siquiera emitieron el concurso por televisión. Samóylova pudo participar al año siguiente.

Guerra con Georgia
Rusia ya vivió algo parecido después de su conflicto bélico con Georgia en 2008, de nuevo con unas regiones separatistas en juego, en este caso Osetia del Sur y Abjasia. Georgia se presentó en el festival de 2009 en Moscú con la canción ‘We Don’t Wanna Put In’, con un juego de palabras no demasiado sutil, que la UER impidió. El canal público georgiano optó por retirarse del certamen, con el apoyo de los países bálticos, que plantearon un boicot que al final no se materializó.

La guerra que supuso el desmembramiento de los Balcanes también originó la expulsión de Yugoslavia, que participó por última vez con ese nombre en 1992. Tres semanas después, la ONU impuso sanciones generalizadas, que fueron también notorias en el mundo del deporte.

Transmisión épica de los votos bosnios
Las repúblicas nacientes empezaron a tomar parte en el concurso en las siguientes ediciones, en algunos casos en condiciones extremadamente precarias, mientras la ciudad de Sarajevo era bombardeada. Las casas de apuestas, ya atentas al factor sentimental, también colocaron entre las favoritas a Bosnia y Herzegovina en 1993, con Irlanda como sede. En aquellas condiciones, el portavoz del jurado bosnio las pasó canutas para poder transmitir sus votaciones. Tuvo que hacerlo en conexión por satélite, con las líneas telefónicas destruidas. Lo que sí llegó con nitidez fue el sufrimiento del país, que se metió en el bolsillo a la comunidad internacional, aunque no demasiados de sus votos. Acabaron en mitad de la tabla y de España no se llevaron ni un punto, por ejemplo.

Croacia y Eslovenia aumentaron también el número de participantes. Macedonia se unió en 1998, mientras que Serbia y Montenegro no lo hicieron hasta 2004. La multiplicación de países supuso un problema añadido para la organización, que ya en los 80 había dejado fuera del concurso a Malta e Islandia para evitar que el espectáculo televisivo se hiciera demasiado largo.

Ha habido otras trifulcas políticas en Eurovisión, casi siempre de menor calado y al menos un par de veces relacionadas con Israel, que se mantiene con tenacidad entre los países participantes pese a no ser un país europeo y a las distintas llamadas a un boicot en su contra.

Con el tiempo, el exceso de países, entre los que también se incluyó a la lejana Australia, se ha resuelto con la celebración de semifinales. Habrá que ver si este sábado el grupo ucraniano Kalesh Orchestra se impone por méritos propios o por lástima con su canto a la maternidad, justo el año en que 

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