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Doparse para vivir: España se refugia en los ansiolíticos

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En 2021 los españoles consumimos casi 159 millones de pastillas para tratar la depresión, la ansiedad y el insomnio. Un inmenso montón de comprimidos de colores –los psicotrópicos– que son sustancias que actúan directamente sobre el sistema nervioso central y solo se venden con receta médica.

El estrés de una pandemia explica, en parte, que el número de psicofármacos vendidos el año pasado supere en 16 millones a los consumidos en 2019, antes de que la crisis sanitaria lo inundara todo. Según datos de la consultora Iqvia, especializada en la industria farmacéutica, el pico en el consumo de estas píldoras se produjo en los meses de confinamiento y descendió cuando la población pudo volver a salir a la calle libremente. En los dos últimos años, los pandémicos, la subida ha sido sostenida. Aunque el problema viene de largo.

Psicólogos, farmacéuticos y psiquiatras coinciden en que el ascenso tiene que ver con la facilidad para conseguir una receta de este tipo de medicamentos y el desprecio de la psicoterapia. España –junto a Croacia y Portugal– ya se situaba en el pódium en el consumo de ansiolíticos antes de 2020, según el Centro Europeo de Monitoreo de Drogas y Adicción. Además, tiene la ratio más baja de Europa de psicólogos públicos por cada 100.000 habitantes, según el último informe del Defensor del Pueblo. Mientras la media europea se sitúa en 18, aquí está en 6. Y a falta de terapia, buenas son pastillas.

Mala praxis

«Los niveles de automedicación de la población están creciendo a una velocidad de vértigo. También entre los sanitarios, que muchas veces son reacios a acudir a un especialista. En algunas casas españolas hay verdaderas farmacias. La facilidad que tiene la gente para conseguir una receta es pasmosa y la casuística, muy diversa. Se da el caso de que la persona tiene un medicamento pautado y puede volver a retirarlo de la farmacia cuando quiera. Si el paciente se lo pide, el médico de cabecera no pone demasiadas pegas para volver a recetar el fármaco. Los que son familiares de doctores privados disponen de auténticos tacos de recetas firmadas por si necesitan algo. La mala praxis en este tipo de cuestiones es más normal de lo que nos pensamos», afirma Rafaela Santos, doctora en Neurociencia y psiquiatra.

«En algunas casas hay verdaderas farmacias. La facilidad que tiene la gente para conseguir una receta es pasmosa y la casuística, muy diversa»

Los psicofármacos más prescrito en España son las benzodiacepinas, presentes en los botiquines bajo nombres comerciales como Valium, Orfidal, Lexatin o Trankimazin. Una de las fórmulas químicas más cotizadas entre los toxicómanos, que lo toman para calmar su estado anímico después de abusar de otros estupefacientes. Si el desajuste ha sido puntual, –como los trastornos que pudo causar el confinamiento– son sustancias que se deben tomar durante periodos cortos de tiempo. Si se consumen sin control, pueden provocar efectos secundarios graves, como alucinaciones, delirios o ideas de suicidio. Además, crean una fuerte dependencia.

«La pandemia nos ha hecho hablar mucho de salud mental, pero quizá lo más correcto sería hablar de patologías asociadas a los cambios en el estado de ánimo», explica Carlos Fernández Moriano, de la Dirección de Servicios Técnicos del Consejo General de Farmacéuticos. Este profesional explica que, con los datos en la mano, es importante apostar por la farmacovigilancia para no crear problemas de dependencia. Esto es, recetar dosis controladas y asegurarse de que la retirada se haga de forma gradual. «Los farmacéuticos debemos estar alerta para combatir el llamado ‘síndrome de la retirada’ o el insomnio de rebote que se puede manifestar cuando el paciente deja de tomar la pastilla de forma brusca», esgrime Fernández.

«Los efectos secundarios de los psicofármacos son grandes desconocidos, así como el daño que pueden provocar y más si se combinan con alcohol o interaccionan con los principios activos de otros medicamentos. Este cóctel puede ser tóxico. Tendría que haber una mayor regulación para controlar las recetas de este tipo de medicamentos. No es problema de los farmacéuticos», opina la doctora Santos.

En este sentido, Antonio Cano, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, dice que si la persona tiene recursos puede ir a un psicólogo privado. Pero si no puede permitírselo acude a su médico de cabecera. «La crisis de coronavirus ha creado una saturación de la sanidad y muchos médicos prescriben y recetan fármacos para tratar la ansiedad y la depresión aunque saben que no en todos los casos sea la solución al problema. Si antes tenían tres o cuatro minutos para atender a cada paciente, ahora disponen de uno. Con esas recetas se generan adicciones y dependencia. No se pueden prescribir cinco hipnóticos para dormir. Las pastillas son pan para hoy y hambre para mañana». Además, Cano apunta que la sobredosis de estrés en la sanidad ha sido tal, que el porcentaje de profesionales de la salud que han necesitado atención psicológica ha aumentado con la pandemia un 75 por ciento.

Adictos al psicotrópico
«Cuando recurren al psiquiatra es, normalmente, porque ya existe un problema de adicción. En mi consulta he recibido a muchos sanitarios con este problema. El organismo se acostumbra rápido a consumir benzodiacepinas. Notas que no te afectan las cosas y lo empiezas a integrar en tu rutina. Llega el día en que si no lo tomas, te encuentras fatal. Entonces empieza la dependencia, luego llega la adicción. Es bastante habitual que mi trabajo consista en ayudar al paciente a desintoxicarse. Se empieza cambiando el principio activo del medicamento y, después, se va reduciendo gradualmente la dosis. Son verdadras labores de artesanía», cuenta la psiquiatra Rafaela Santos.

¿Cuál es el perfil más común de personas que reciben este tipo de tratamientos? Según estudios elaborados en varias comunidades autónomas, normalmente se trata de mujeres que sobrepasan los 65 años. Pero el nivel socioeconómico también influye. «En las zonas más deprimidas hay un mayor consumo de fármacos psicotrópicos. No podemos olvidar que la crisis sanitaria también es una crisis social», apunta Fernández Moriano, del Colegio de Farmacéuticos.

El perfil más común de persona que toma ansiolíticos es una mujer de más de 65 años. Pero en las zonas más deprimidas económicamente también hay mayor consumo

Este profesional de la salud también apunta que aunque el confinamiento espoleó la automedicación, vivimos en un mundo donde las redes sociales son la fuente de información principal para un porcentaje no desdeñable de personas. «Tomamos bulos sobre enfermedades o informaciones no veraces sobre fármacos como si las leyéramos en el prospecto de un medicamento», dice.

Se desconocen los efectos de los psicotrópicos, pero también las dosis recomendadas. «En la consulta me encuentro con pacientes que, de entrada, piden un Valium para paliar los problemas del sueño, que equivale, más o menos, a tomarse cinco Orfidales. Son medicamentos con fórmulas muy parecidas, como primos hermanos, pero no contienen la misma cantidad de principio activo. Algunos causan una gran relajación, pero el ánimo puede bajar tanto, que la persona podría caer en una depresión. También puede suceder lo contrario: provocar un grado de nerviosismo que lleve a la persona a urgencias», informa Santos.

En el Informe Europeo sobre Drogas del año 2021 se advierte con preocupación del consumo creciente e indebido de benzodiacepinas. Entre las causas, Europa apunta al bajo costo de estas sustancias, además de a los problemas de salud mental derivados de la pandemia. En algunos países ya se han tomado medidas para evitar que el uso de esas píldoras se mantenga en el tiempo. Países Bajos, por ejemplo, sacó las benzodiacepinas de la lista de medicamentos reembolsables, por lo que las personas tenían que costearse de su bolsillo la compra de estas pastillas. Pero en los botiquines españoles aún abundan.