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Otra vuelta de tuerca de la Davis reabre el debate

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Había, decían los propios tenistas, ganas de que el formato de Copa Davis se actualizara a los nuevos tiempos, anclada la competición y desprestigiado el honor de la Ensaladera por la falta de estímulos para las estrellas, atrapadas en un calendario imposible de aliviar entre exigencias individuales y de colectivo. De ahí que la propuesta de la empresa Kosmos, que dirige Gerard Piqué, con más luces, colores, con los más jóvenes como objetivo y con un formato comprimido -una ciudad, 18 países, una semana-, se viera, aunque con reticencias, como un paso al futuro. Había que ver con el tiempo si los cambios revitalizaban el empeño de la organización para que acudieran los mejores, o era solo un espejismo puntual.

Los deportistas aceptaron la mayor, viajar en 2019 a Madrid para completar una especie de Mundial con jornadas maratonianas y en el que acabó por imponerse España. Pero no todo fueron aplausos. Los problemas por los horarios, con partidos que se alargaban hasta bien entrada la madrugada, o la falta de público de otros países que no fueran el local, provocaron que la organización tomara nota y apuntara a subsanar estos errores para las siguientes ediciones. «Cuando se cambió el formato hubo reacciones negativas por todo lo que implica en un torneo tradicional como este, pero estaba claro que algo tenía que cambiar. Yo fui defensor de un cambio, pero no me gustó lo que pasó hace dos años. Lo ideal sería llegar a un punto intermedio», se expresaba estos días Novak Djokovic sobre la evolución de la Copa Davis. Y defendió que el tenis llegara a más países para desarrollar su deporte por todo el mundo.

Un aspecto que recogió la organización para esta edición. Anulada la de 2020 por el coronavirus, y con tenistas que criticaban que no se hiciera un esfuerzo mayor por celebrarla, en este 2021 la Davis se ha extendido a tres sedes: Madrid, Turín e Innsbruck para alegría de los aficionados. Por el momento, además, los horarios son menos alargados que en 2019. Pero no todo son buenas noticias. Sin confirmación oficial hasta la votación de la Federación Internacional de Tenis (ITF) de la semana que viene, la competición tiene como próxima parada Abu Dabi y con contrato para los próximos cinco años. Un destino que celebra la organización porque recuperaría parte de las pérdidas ocasionadas en estas dos ediciones, pero que no contenta a casi nadie más. Los motivos son tan variados como las opiniones. El desplazamiento a Oriente Medio a final de año; o que se alarga el torneo hasta mediados de diciembre, situación que, en 2022, provocará coincidir con el Mundial de Fútbol de Catar, y demasiada proximidad con la Copa ATP, la otra competición en liza. También hay otro motivo sentimental: los altos precios de Abu Dabi dejarían las gradas vacías de aficionados, alma de este centenario torneo.

Y ahí, la tradición y la emotividad del torneo choca con la cara económica. «Hay mucho interés en traer competiciones deportivas a Oriente Medio, donde económicamente son muy fuertes y pueden financiar las grandes demandas que exige la organización de un evento tan importante. La pregunta es si sigues el dinero o sigues la tradición, o encuentras un equilibrio entre los dos. Yo estoy en un punto intermedio», señaló Djokovic, quien llama al debate si el traslado se hace oficial. Quien estuvo más tajante, y negativo, en sus declaraciones fue Lleyton Hewitt, extenista, campeón de dos Ensaladeras y ahora capitán de Australia: «Se jugaba a cinco sets y nos lo cargamos, también las eliminatorias de ida y vuelta, en casa y fuera. Y ahora esto. Creo que es ridículo. Si van a vender el alma de la Copa Davis a Oriente Medio durante los próximos cinco años, están matando a la competición».