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Policías polacos y alemanes patrullarán la frontera con Bielorrusia para frenar a los ‘ilegales’

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El ministro del Interior alemán, Horst Seehofer, ha anunciado el envío de agentes de policía alemanes para la formación de patrullas conjuntas que vigilarán la frontera entre Polonia y Bielorrusia, con el objetivo de frenar la entrada de inmigrantes ilegales en territorio europeo. Alemania responde así a la petición de ayuda del Gobierno polaco, con el que coincide en que la situación que se está dando en esa frontera no es casual. Seehofer ha apuntado directamente a Putin. «La clave está en Moscú», ha dicho, y «y sería una respuesta adecuada ir a la fuente del problema». Seehofer ha sugerido que la UE debería extender las sanciones contra el régimen bielorruso de Aleksánder Lukashenko, que admite la entrada en su país sin visado de los inmigrantes que proceden en su mayoría de Irán, Pakistán, Sudáfrica y Jordania, para después hacer fluir esa corriente migratoria hacia la frontera polaca. El objetivo de casi todos ellos es llegar a Alemania y más de 5.600 ya lo han logrado.

«¡Por favor, no nos envíen de regreso!». Son las únicas palabras que sabe decir en alemán un hombre de unos 30 años que la policía germana detuvo la noche del martes, mientras intentaba entrar en Alemania por la ciudad de Frankfurt Oder. «El hombre se puso de rodillas apenas nos vio. Tratamos de tranquilizarle, explicarle que solamente íbamos a llevarlo hasta el centro de recepción de Eisenhüttenstadt, al que son conducidos todos los detenidos, para que las autoridades de inmigración se ocupasen, pero él no entendía bien y se quedaba en el suelo, de rodillas y besándonos los pies», ha relatado el agente que llevó a cabo la detención. En el paso de Klein Bademeusel, 90 kilómetros al sur de Frankfurt/Oder, la policía revisa los coches que cruzan el bosque. «Los refugiados llegan en coche y a pie. Usan todo lo posible: puentes, pasos fronterizos, pero también las frías aguas del Neisse», explica uno de los agentes. En la presa Zelz, al sur de Forst (Lausitz), un puente conecta Siedlec (Polonia) y Brandeburgo. Hay una cerca levantada solamente contra el paso de jabalíes salvajes y evitar así la transmisión de la peste porcina africana, pero la puerta se puede abrir sin esfuerzo. «Pasan por aquí, la mayoría viene por la noche», constatan los habitantes de la zona fronteriza, «por temor a ser atrapados, algunos prefieren la ruta a través del Neisse o a través del bosque de Zschorno y son zonas peligrosas, cualquier día vamos a tener un disgusto». El centro de acogida de estos refugiados, en Brandemburgo, está desbordado desde septiembre. El ministro alemán Seehofer afirma que Bielorrusia «organiza o al menos apoya» esta llegada de inmigrantes y se ha sumado al lenguaje que utilizan ya los gobiernos del grupo de Visegrado al señalar que se trata de una ‘amenaza híbrida’ de Minsk a la UE.

El gobierno alemán considera que su principal problema migratorio es lo que Seehofer denomina como ‘inmigración secundaria’, en referencia a las personas que han entrado en territorio europeo a través de otro país y que después hallan la manera de trasladarse hasta Alemania. Entre enero y septiembre de este año, han solicitado asilo unas 80.000 personas, 34.000 de ellas, por cierto, llegadas desde Grecia y que ya habían sido registradas previamente en el país mediterráneo. Por ocupar su cargo solamente en funciones, desde las elecciones celebradas el pasado 26 de septiembre y a la espera de que las negociaciones para formar un gobierno liderado por el socialdemócrata Olaf Scholz den sus frutos y sea nombrado un nuevo ministro, Seehofer no va a emprender grandes medidas que corresponden ya al nuevo gobierno. «Pero es evidente que esto no puede seguir así», insiste.

En la zona fronteriza, la población alemana es testigo cada día más indignado de la entrada de cientos de personas a diario. «Cientos de cruces fronterizos ilegales todos los días en Brandeburgo. ¡Resistencia!», rezan los carteles de fabricación casera y que aparecen adheridos a fachadas y farolas de la localidad de Guben en Niederlausitz. «A algunos los vemos pasar durante el día, pero la mayoría cruzan de noche y solo vemos las huellas que dejan tras de sí. En cuanto cruzan, se quitan las ropas y zapatos mojados por las aguas del Neisse. Lo abandonan todo en cualquier rincón, también documentos quemados, para no dejar pistas sobre su antigua identidad. Y los barrenderos lo recogen y lo tiran al contenedor porque ni siquiera la policía se interesa. Son demasiados como para perseguir a cada uno de ellos», relata Wolfgang Unverricht , un jubilado de 64 años de Schwedt, que desde su casa ve pasar a grupos de extranjeros recién llegados desde Polonia. Hace dos semanas, la policía descubrió a un grupo 41 inmigrantes ilegales en la vecina ciudad de Tantow. Los traficantes los habían llevado hasta la frontera y desde allí continuaron a pie a través del bosque. «Llegan desnutridos, con hipotermia y con mucho miedo», explican desde el centro de acogida de Eisenhüttenstadt, «nosotros podemos dar unos primeros auxilios, pero poco más, y no cabe aquí más gente, por eso es necesario que alguien se ocupe de este problema en su origen cuanto antes».