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‘Non finito’: desembalar el arte

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Fue la primera escultura a la que sin cabeza ni brazos se la consideró completa. Un Miguel Ángel maravillado se detuvo ante este magnífico tórax de piedra y sentenció que, aun desmembrado, era una pieza en sí misma. Su retorcida pose y la gran precisión de su musculatura tuvo gran influencia en la trayectoria del que estaba llamado a ser uno de los artistas más reconocidos del renacimiento italiano. Se trata de «El Torso del Belvedere»: un fragmento de la estatua de un desnudo masculino firmado por el escultor ateniense Apolonio de Atenas, datada en el siglo II a. C. Ahora, una reproducción exacta – fechada en el XIX- se exhibirá en el vallisoletano Museo Nacional de Escultura junto a otras 90 obras procedentes de distintas instituciones como el British Museum, el Prado o la Cinemateca Francesa, en una muestra que, bajo el título «Non finito. El arte de lo inacabado», pretende abrir una ventana a la evolución del arte pictórico desde sus albores hasta nuestros días.

«Es una declaración de un canon, de una manera del ver el arte», explica el diseñador de la exposición para señalar cómo la representación desgastada de un San Vicente de la fachada de la Catedral de Ávila cobra otro significado al arrancarlo de su origen. «Hasta ahora, quizá estaba para desmantelar, pero la hemos sacado de contexto y la hemos puesto sobre una peana en una sala para que forme parte de una historia», desarrolla para incidir en cómo la idea de la metaformosis permea todo el espacio.

Transporte de obras
Minutos antes, el San Vicente estaba embalado como un paquete y había sido levantado por cuatro operarios que, con delicadeza, lo habían hecho pivotar sobre su eje hasta colocarlo en una posición estable. Después le quitaron el precinto transparente que lo aprisionaba para que la encargada de la restauración, Diana Álvarez, comprobara el estado de la obra e hiciera un breve informe, ya que durante estos días se está procediendo a la instalación de la muestra, que abrirá al público el próximo 22 de septiembre en el Palacio de Villena.

«Todos los procesos son similares», explica Álvarez: «Acuerdas con los prestadores qué piezas se van a desplazar, se estudian sus condiciones y se envía un equipo especializado para transportarlo. Luego, cuando llega, la gente como yo es la encargada de evaluar la pieza», añade para incidir en la importancia de los «correos»; personas pertenecientes a la institución de origen que viajan con las obras para asegurarse de su correcto tratamiento y dar las indicaciones necesarias a la hora de su colocación.

ICAL
«Mira, en esto es algo en lo que la pandemia sí ha dejado su huella; ahora hacemos muchas cosas vía conferencia, por Zoom sobre todo, y enviamos muchas fotografías», observa, para matizar que depende de cada prestamista: «Los franceses vienen siempre en persona». Después, preguntada por la mayor dificultad que puedan aparejar algunas obras, se vuelve hacia una que ya está preparada para exponer, al fondo de la sala. Es ‘La Grifomaquia’, que data del 500 a. C y pesa 168 kilos. «No es sólo por su peso, es que es extremadamente delicada, es piedra calcárea. Se puede deshacer». Entre las obras desempaquetadas, hay dos que llaman la atención por su cercanía en la sala y su aparente oposición. Una es ‘La Señora de Mogrovejo’, una talla funeraria, en madera del primer cuarto del siglo XVI. Tiene el rostro carcomido. La otra es un cuadro de 2012, de José M. Ballester, que bajo el nombre de ‘Fantasía italiana’ interpreta el nacimiento de Venus con una concha vacía. ¿Cuál es la conexión entre una talla que lo ha perdido casi todo con una Venus de Boticelli sin Venus? Exactamente eso. La erosión, la ausencia. Y será ese juego el que esté acompañado por la propia puesta en escena del museo: los soportes museográficos están, aparentemente, a medio hacer. Las peanas apenas están barnizadas . No se esconde ni la soldadura porque en el arte, como en la vida, muchas cosas se quedan a medias.