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Un mal cálculo

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El Protocolo sobre Irlanda del Norte del acuerdo de retirada UE-Reino Unido no fue el punto más difícil de negociar en la larga saga del Brexit. Los europeos continentales, hartos de tantos giros inesperados de guión, aceptaron el alambicado diseño propuesto por Londres: se garantizaba la libre circulación de mercancías en la isla de Irlanda a cambio de crear una frontera intra-británica. Era una solución mucho peor en términos económicos a la negociada por el equipo de Theresa May, favorable a que las mercancías de todo su país siguieran accediendo al mercado interior. Pero la opción legítima de Boris Johnson era separarse al máximo de las normas europeas, con el límite claro de salvaguardar los acuerdos de paz en Irlanda, que descansan sobre el libre tránsito.

Menos de un año después de la consumación del Brexit, el gobierno británico denuncia los efectos perversos del protocolo, arrastra los pies a la hora de aplicarlo y exige una nueva negociación que lo supere. La Comisión y los gobiernos de los 27 se niegan y como mucho ofrecen una interpretación creativa del texto acordado. Sin dejar de mostrar dicha flexibilidad, a estas alturas podría tener sentido invitar a Londres a exponer su alternativa y valorarla en serio o desmontar el farol. Es posible que ésta no exista y que todo sea una reclamación nacionalista, basada en la utilidad de tener un enemigo externo al que culpar de los males que afligen al país.

Cuanto antes se deje atrás la fase de reproches mutuos, antes se podrán las bases para una relación constructiva entre dos actores internacionales que por tantas razones no pueden no entenderse. Hay otras partes del tratado de cooperación y comercio que hacen todavía más daño a la economía británica y que con el tiempo deberían revisitarse. Asimismo, queda un buen número de cuestiones pendientes por acordar con Bruselas, empezando por los servicios financieros, la cooperación en investigación y ciencia o la relación imprescindible en seguridad y defensa. El protocolo norirlandés fue el resultado de un mal cálculo de los estrategas del Brexit y convendría que en Londres alguien empezara a reconocerlo.