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Oler, mirar y sentir cerca el océano reduce la ansiedad y ayuda a tomar decisiones

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«Muchas personas atacan el mar, yo le hago el amor». Esta frase de Jacques Costeau, el oceanógrafo, biólogo marino, investigador y gran divulgador de las maravillas del mundo subacuático, es oportuna en el Día Mundial de los Océanos, una fecha promovida por Naciones Unidas que este año tiene como lema ‘El océano: vida y medio de subsistencia’ y cuyo objetivo es recordar el importante papel de los océanos en la vida cotidiana como pulmones del planeta, fuente de alimentos y medicinas y parte fundamental de la biosfera. Pero además estar cerca del océano reporta beneficios psicológicos y efectos positivos tanto a nivel físico como mental, según explica Aída Rubio, directora del Servicio de Psicología en TherapyChat, especialmente en un contexto de pandemia, en el que una gran parte de la población que visitaba con frecuencia las zonas costeras se ha visto obligada a pasar mucho más tiempo de lo habitual lejos del mar. «Cuando estamos en entornos naturales, como el océano, experimentamos mejoras en el estado de ánimo, pero también en el sistema inmune y en la presión arterial. Existen, de hecho, investigaciones que vinculan los entornos naturales con la disminución del estrés y la depresión», precisa Rubio.

Pero además de este efecto positivo global, los expertos de Therapychat describen otros beneficios como su capacidad para ayudarnos a desconectar, aumentar la concentración y el pensamiento creativo; su efecto sobre lo mejora de la cognición y la toma de decisiones; su influencia sobre el aumento de la conciencia sobre el entorno y sobre nosotros mismos y sus cualidades relajantes. Veamos cada una de ellas.

Ayuda a desconectar
A veces nos vemos inundados por cadenas de pensamientos negativos que interfieren en nuestro estado de ánimo. El océano ayuda a cortar estas dinámicas gracias a tres factores. El primero tiene que ver con el propio estado de relajación que provoca. El segundo se da porque mejora el funcionamiento de la corteza prefrontal y el último se debe a que cuando estamos ante el océano o el mar, normalmente estamos saliendo de los entornos habituales en los que se generan nuestros mayores problemas del día a día. Y esto supone, por lo tanto, un descanso en nuestra rutina.

Aumenta la concentración
Ese estado de calma que propicia la contemplación del océano contribuye a que podamos concentrarnos con más facilidad. Como explican en Therapychat, cuando nos encontramos calmados, podemos dirigir nuestra mirada hacia nuestro interior, por lo que podemos concentrarnos mejor y, así, mejorar nuestros procesos reflexivos.

Mejora la toma de conciencia
El mar induce un estado meditativo leve, lo que contribuye a que seamos capaces de tomar una mayor conciencia no solo de nuestro entorno sino también de nosotros mismos. Este estado se define, tal como aclara Rubio, como una actitud de estar, simplemente, en el momento presente. Esto supoen que disminuyen los juicios que podamos establecer sobre lo que estamos perdibiendo y eso nos lleva a una menor probabilidad de ocupar ese momento con ansiedades futuras o memorias del pasado.

Impulsa la toma de decisiones
Los ambientes naturales, especialmente el mar, permite oxigenar mejor el cerebro. El aire que respiramos es más puro y eso estimula un mejor funcionamiento de la corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones, del razonamiento y de la evaluación de las situaciones.

Tiene efecto relajante
El mar es un poderoso bálsamo para la mente. Solo con observarlo y con escuchar el sonido de las olas en calma o aspirar su aroma, puede contribuir a aumentar la relajación, pero es que, además, relaja físicamente también cuando nadamos en él, pues nuestro peso es más liviano. No es de extrañar que las imágenes y los sonidos del mar sean uno de los recursos más usados para apoyar los ejercicios de meditación y para inducir el sueño a aquellos a los que se les resiste.

Color, instinto y movimiento: claves de su efecto beneficioso
Los efectos positivos sobre la mente y el cuerpo parecen claros, pero, ¿a qué se deben y cómo nos llega su influjo a través de los sentidos? La respuesta está en su color, en su movimiento y en su relación con el instinto.

El color del mar nos influye. Según Eva Heller, socióloga y psicóloga que desarrolló la ‘Teoría de los colores’, existe relación entre los colores y los sentimientos. Pero además esta relación no es accidental, sino que es un hecho universalmente extendido y afianzado en nuestro subconsciente. Esta ‘Teoría de los colores’ revela que el azul inspira sentimientos y conceptos como la simpatía, la armonía, la paz, la confianza y la fidelidad, o la razón y la concentración. Y, lo que es más curioso, es el único color que no lleva asociado ningún sentimiento negativo. También es interesante preguntarse, según plantean en Therapychat, si esta asociación tan enraizada en el ser humano proviene de que el azul es el color predominante en el cielo y en los océanos, o bien si nos sentimos así al mirarlos por su color.

El movimiento del océano. Se ha demostrado que el movimiento de las olas del océano tiene la capacidad de inducir mayor actividad de ondas alpha en nuestro cerebro, ondas típicas de los estados de relajación. Son ondas típicas también de estados de claridad mental y de concentración que promueven el pensamiento creativo. Además de observar y disfrutar del océano, también se puede promover este estado a través de ejercicios de respiración, de mindfulness o de yoga.

La afinidad con la naturaleza. Somos animales y en nuestro instinto está la pertenencia a la naturaleza. Nos reconocemos ante entornos naturales, quizás conectando con partes de nosotros que tenemos dormidas en nuestro día a día lleno de ruido y tareas del siglo XXI.