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Biden o la necesidad de una nueva diplomacia en el Estrecho

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En el Estrecho de Gibraltar, una frontera crítica atlántica y europea, se observa que una diplomacia norteamericana, por encima de Trump (aunque coincidente con su presidencia) y del propio Biden, está en un proceso evidente de Gran Migración estratégica.

El brexit no democrático, esa entente discreta de intereses, pero que une y coordina a cierta elite norteamericana con el nacionalismo radical británico, considera viable un bloque internacional anglosajón. Pese a la derrota de esta idea en las últimas elecciones en los Estados Unidos y la llegada del presidente Biden, al poder, no se han interrumpido todavía algunos de los procesos más polémicos emprendidos en la política internacional anterior.

¿Son intereses norteamericanos o siquiera israelíes los que se han beneficiado por la continuación de la política de Trump en el Estrecho? La idea de que el Estado marroquí es la opción estratégica fundamental obliga a revisar el reparto de las supuestas ventajas de esta ocurrencia y a mirar muy profundo en la mochila de los desinteresados aliados. Para quien conozca un poco la realidad histórica del Estrecho de Gibraltar y del nacionalismo británico, especialmente enraizado en ese enclave, no ofrece duda que las últimas novedades lo refuerzan y que esa línea política entronca con el complejo proceso político del Brexit: conflicto con la Unión Europea, deshacer la ecuación estratégica atlántica estadounidense que incluye a España, aislar a Estados Unidos de sus aliados, conservar el valor de juego de la base militar inglesa en el Peñón y poder utilizar la ficha «religiosa» de un sultán, Mohamed VI, cuya constitución otorgada -en la versión en árabe- se cuida bien de considerarlo «sagrado»( ihtiram [respeto] y tawqeer [reverencia, gloria] formulas de derecho religioso).   

Liberar al Reino Unido de un nacionalismo imperial obliga a una reflexión colectiva, esencialmente británica. Sin embargo, en este vértice concreto de inestabilidad, corrupción, delincuencia e imperialismo que es Gibraltar y su hinterland político y económico, tanto Estados Unidos como la Unión Europea tienen mucho que decir porque es algo que los separa y los enfrenta, mucho más de lo que ahora perciben sus líderes políticos. Opciones no faltan, en primer lugar, facilitando tanto a las comunidades originarias desplazadas por la ocupación británica a las localidades inmediatas al Peñón, como, por supuesto, a los actuales habitantes de la ciudad de Gibraltar, que puedan definir su régimen de convivencia, mediante referéndum, y, en segundo lugar,  eliminando, por ser problema radicalmente distinto, insidiosamente enmascarado, la base militar, cuyo traslado o cambio de manos es una necesidad ineludible para la estabilidad de la región, para la armonía entre aliados atlánticos y para el cese del motor principal de disrupción en el sur de Europa occidental, que es en esencia un ejercicio flagrante y patético de colonialismo senil, cuyo recorrido solo considera ecuaciones de fuerza latente y confrontación en el área.

El Estrecho es un nudo de narraciones históricas y políticas, recíprocamente invisibles, pero cuya separación conceptual es imposible si se quiere comprender los conflictos más complejos e inminentes conflictos del sur de Europa.

La más antigua de esas historias, quizá el relato político en vigor más antiguo de occidente, explica por qué los hispanos están en las ciudades africanas de Ceuta y Melilla, para muchos un extraño empeño histórico mantenido durante siglos, pero vinculado con la recuperación de un territorio usurpado o conquistado por el imperio islámico. El norte del actual Marruecos (denominado Mauritania Tingitana o Hispania Transfretana) fue parte integrante de la España romana durante largos períodos, de la España vándala, de la España goda… así hasta la invasión musulmana. La Tingitania fue, por tanto, durante siglos parte del imaginario de la integridad nacional hispana y de una experiencia histórica que definió su propia construcción, su curso histórico incompleto, como reconquista de un espacio expoliado. Melilla es una ciudad romana y Ceuta una ciudad griega y posteriormente romana.

El segundo relato, cuidadosamente omitido por el actual régimen político marroquí, responde a la denominación política de Bled-es siba o «zona sin ley», aplicada políticamente por el propio sultanato al norte del actual Marruecos. Territorio indómito, habitado desde la caída del imperio godo principalmente por kábilas independientes que no han acatado la autoridad del sultán, una dinastía originariamente extranjera, dándose la paradoja de que el sultanato marroquí participaba, en pleno siglo XX, en expediciones bélicas de claro carácter colonial sobre los mismos territorios en los que España estableció un protectorado, y en los que se constituyó una efímera República Independiente del Rif. Este territorio ha mantenido largamente, y aún conserva, una vocación de fuerte independencia. 

El tercer relato es el del relato que ha adoptado la actual monarquía alauí, a veces oficioso, a veces oficial y que es congruente con la actual constitución de Marruecos. El régimen se vincula territorialmente con la expansión máxima alcanzada por las campañas militares del sultán  Ahmed Al-Mansour Al-Dhahabi a fines del siglo XVI y eso incluye el Sáhara Occidental, parte de Argelia, parte de Mauritania, de Níger, de Guinea… A estos territorios, el régimen actual en Marruecos ha reivindicado, en infatigable sumatorio, e incluso impreso en mapas oficiales, el sur de España y las islas Canarias.

Finalmente, está el relato británico, que se ciñe en la convicción dogmática de que la inestabilidad del Estrecho garantiza su presencia en la base militar establecida en Gibraltar, que es un territorio distinto del enclave civil, y desde el que desarrolla una política muy activa que ha tenido como consecuencia la esterilización de buena parte del potencial económico del Estrecho tanto para Andalucía, como para la región rifeña. Asimismo, el enclave es esencial para que sobreviva un modelo de política y una dinámica ideológica de cuño imperial, con reivindicaciones extraparlamentarias e ilegales de aguas territoriales y con una tradición inveterada de injerencia en los asuntos internos españoles.

Desactivar relatos nacionalistas, colonialistas y religiosos como herramientas políticas de conflicto y de poder es una prioridad urgente en el Estrecho de Gibraltar, verdadero frente primario de la doctrina del mundo inestable y verdadera emergencia internacional, que funciona en manos de cierta diplomacia como un juego de espejos, bajo la ilusión de que la mayor complejidad política del Estrecho hace que este resulte más plástico y adaptable a la necesidad del poder dominante, cuando la realidad es que lo que consigue es consolidar los impulsos desintegrativos e irreversibles que se dirigen, a un nivel mucho más general, contra todos los procesos de evolución democrática y de integración regional tanto en Europa, como en Norteamérica, impulsos de construcción de comunidades más grandes, de estabilidad, de libertad y de progreso, a los que esperan sobrevivir las viejas hegemonías heridas, aun a costa del presupuesto y los sacrificios militares norteamericanos. Destruir la viabilidad de la variable de la integración regional en el actual sistema internacional, como la Unión Europea, es parte de este modelo político para el Estrecho. Si Biden consigue construir una nueva diplomacia el mundo estará en condiciones de un nuevo emprendimiento.