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Paseantes

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A pie va la solidaridad espontánea por Madrid, alcalde, porque ya hemos visto a enfermeras haciendo un maratón de kilometraje hasta llegar a su sitio de trabajo. Eso, y que varias puntas de vecinos patrullan en 4×4, para lo que haga falta. Ojalá que el deshielo llegue no sólo al asfalto, sino a la política, pero entretanto el peatonaje, que suele superar enseguida al gobernante, tira de afán para que los virus, o las nieves, no vengan a averiarnos aún más la vida. No estoy hablando de pillar un rato la pala, hasta abrirse la senda del portal sino de cumplir cinco kilómetros de convencido paseante, a deshoras de frío, para llegar a un hospital impracticable, o a una clínica adversa.

Los hospitales, y las clínicas, que son un templo de la esperanza, se nos han quedado lejos, de pronto, por el temporal, con lo que un enfermo súbito no es ya una urgencia sino una hazaña. En esa hazaña se han aplicado algunas sagradas y atareadas enfermeras, que han cubierto media ciudad a pie, hasta estar donde hay que estar, venciendo a un Madrid de apocalipsis, donde los árboles crujían como víctimas y la nieve lo detenía todo, como un silencioso crimen.

Sabemos, alcalde, que un ramo de madrileños han puesto sus vehículos de poderío a las alarmas diversas, o a las necesidades inminentes, que han sido todas, o casi todas. Pero a uno le conmueve mucho más el convencimiento de las enfermeras, y de algunos médicos, para estar a la hora en su puesto de trabajo, donde se dirime la vida, después de atravesar a pie una ciudad que era Moscú en un mal día.

Está muy bien toda la postal sobrevenida, con la belleza de la nevada, y hasta los esquiadores de surrealismo que vivaquearon por la Puerta de Alcalá, pero lo que está de verdad bien es esa gente anónima, y sin aspaviento, que sustenta la sanidad como si no hubiera venido esa mañana a pie desde un pueblo vecino. Tenemos que creer la mejoría que traerá el 2021, pero de momento está siendo mucho peor que el 2020. A los sanitarios, cuando la aurora de la pandemia, les aplaudíamos a las ocho en punto, desde los balcones, y ahora no les ha aplaudido nadie. Conviene hacerlo, aunque no salgan en los telediarios. O precisamente por eso. Aquí está un aplauso que les debemos.