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El «Rambo de Cantabria», juzgado: «Tuve un mal despertar y aquello pareció el Apocalipsis»

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La del 18 de julio de 2018 fue una noche «nefasta» para Nino y Pepa. Horas antes no podían imaginar lo que iba a pasar cuando, preocupados por su hermano, llamaron al 112 para pedir ayuda y trasladarle a un centro médico. Luciano Simón Gómez había estado dos días consumiendo alcohol y drogas —heroína y cocaína—, adición esta última que junto a la de marihuana le acompañaban desde hacía ya 40 años: «Fumaba porros con Franco», dijo.

Por eso, cuando sus familiares entraban a la habitación de su casa, en la localidad cántabra de Turieno, para comprobar cómo estaba, reaccionaba de forma agresiva. Harto de que molestaran y no le dejaran descansar, salió de la vivienda, fue a la de su hermano y le destrozó el coche, para regresar después a su lecho.

Al avisar a los servicios de emergencias se personó en el municipio de Camaleño una patrulla de la Guardia Civil de Potes, a la que el hombre recibió esgrimiendo una navaja y con amenazas de muerte: «Os voy a limpiar el forro». No tardaron en llegar otros dos agentes, de Cabezón de la Sal, a los que saludó desde la ventana con una escopeta, de igual forma que a los refuerzos de la Unidad de Seguridad Ciudadana y el Grupo de Acción Rápida (GAR). El «fugitivo de Turieno», se atrincheró en su caserón y mantuvo a lo largo de la noche varios tiroteos con los efectivos que trataron, en vano, que se entregase.

En mitad de la madrugada entraron en la vivienda, donde habían cortado la luz. Hirió a un agente al que rebotó en el pie un perdigón. El «Rambo de Cantabria» aprovechó la oscuridad para huir por el tejado y escapar hasta el monte, donde aguardó toda la noche y el día siguiente —19 horas en total—, para regresar después pensando que ya no había guardias y cayendo así en la emboscada.

Ayer, en el juicio en el que se enfrenta a 13 años que pide el fiscal por intento de homicidio, atentado a agente de la autoridad y tenencia ilícita de armas, Luciano declaró que ese día tuvo «un mal despertar». Que estaba «alterado» por la discusión con sus hermanos y que se puso como «loco» cuando vio tanto uniforme. «Estaba en el limbo», resumió. Y aunque en los sucesivos tiroteos que mantuvieron -que empezaba él, según los agentes; y estos, de acuerdo con la versión del acusado- fueron «como el Apocalipisis», ya que «entraban ráfagas por la ventana y rebotaban», nunca tiró a dar ni se enteró tampoco de haber herido a nadie, aseguró.

Sin embargo, los agentes que accedieron con linternas y escudos antibalas a la casa coincidieron en que él tenía ventaja, pues veía las luces y «disparaba a todo lo que se movía».