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Memoria selectiva, no democrática

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Cuanto más se profundiza en la letra pequeña del anteproyecto sobre ese eufemismo que el Gobierno ha dado en llamar «memoria democrática», más preocupante es el diagnóstico. No solo no es una ley prioritaria ante el drama que vive España, sino que además se presenta como una nebulosa ideológica para encubrir su pésima gestión frente al coronavirus. Se trata de un texto con vicios de aparente inconstitucionalidad en el que Sánchez se arroga la capacidad de decidir qué organización puede quedar disuelta sin que conste que medien garantías judiciales para avalarlo. El proyecto contribuye a tensionar nuestra sociedad y a fracturarla emocionalmente, alimentando una ingeniería social adoctrinadora desde la infancia. Por eso tiene poco de «democrático», en la medida en que oculta un concepto dictatorial de la libertad basado en el más puro revanchismo.

No es que la memoria histórica de este Gobierno sea débil. Es inexistente y tiene mucho de provocación ideológica para avivar el frentepopulismo y un revisionismo caduco. Tener una memoria casi fotográfica de lo que ocurrió hace ochenta años, y olvidar lo que pasaba ayer con más de 800 asesinatos de ETA, tiene mucho de mezquindad sectaria. Hoy se puede homenajear a terroristas convictos y confesos, dedicarles calles, e incluso elegirlos en las urnas blanqueando sus delitos de sangre…, pero partidos de la derecha con millones de votos son fascistas. A Sánchez la derecha le da «miedo», pero a Calvo Bildu le parece un partido «leal», y al PSOE Otegui le parece un «hombre de paz». El desprecio a la historia reciente, con muchas heridas y con 300 asesinatos pendientes de juzgar, es insultante. Casi tanto como el pésame de Sánchez a Bildu por el suicidio de un etarra. Es trágico que España se consuma en odios atávicos hasta que todo ciudadano tenga que asumir con normalidad que la única verdad histórica es la impuesta por la izquierda, y que todo el que lo discuta es un peligroso ultraderechista. Esa es la perversión. No se trata solo de manipular el pasado, sino de conquistar un futuro de pensamiento único, cainismo y superioridad moral. Esta ley aspira a ser la piedra angular de un proyecto para que España deje de ser la España constitucional que nació en 1978.