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Monarquía constitucional: sus ventajas frente a una república

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España es un país de costumbres. La corroboración absoluta de ello es que, desde que arrancó la aventura constitucional de 1978 (cuyo proyecto fue ratificado el 6 de diciembre de ese mismo año por casi el 88% de los votantes), el zumbido de aquellos que evocan, de forma interesada, las ventajas de una república sobre una monarquía parlamentaria se ha convertido ya en una tradición a la altura de las madrileñas fiestas de San Isidro. José J. Sanmartín, Doctor en Ciencias Políticas y Sociología y profesor titular de la Universidad de Alicante, está convencido de ello. Pero también de que, hasta ahora, no se han terminado de explicar los beneficios palpables de contar con un rey al frente de la jefatura del Estado.

Por eso, este martes impartirá la conferencia «El futuro de la Monarquía Constitucional»; la primera de una serie de charlas abiertas que organiza el Rotary Club Alicante. «Con ellas buscamos que autoridades en la materia pongan luz sobre temas que preocupan a la sociedad», explica a ABC su presidente, Luis Ramos. En sus palabras, este es uno de los muchos eventos de un grupo que cuenta con más de 36.000 clubs en todo el mundo y cuya esencia describe con dos letras: S y H (solidaridad y humildad). «Estamos comprometidos con los menos favorecidos y este año celebramos nuestro 90 aniversario», sentencia.

Ventajas
Sanmartín tiene claras las ventajas del sistema español, entre las que destaca la facilitación de la gobernabilidad del país al evitar, en una supuesta república, las recurrentes tensiones políticas entre la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno. «Los dividendos esenciales son la estabilidad institucional, la permanencia y la unidad del Estado o el equilibrio de funciones», afirma a este diario. Para el profesor, la figura del monarca es relevante no solo por lo que le corresponde hacer, «sino por todo aquello que evita que caiga en la esfera del fungible poder ejecutivo». Un ejemplo: «El rey constitucional asume la reverencia pública hacia el Estado, pero no dispone de poder ejecutivo directo. Así, el presidente del Gobierno debe asumir su carencia de esa reverencia pública».

Tampoco olvida que el monarca tiene la capacidad de representar a todo el país sin estar adscrito a uno u otro partido, algo imposible en un sistema con un presidente de la República. Ese «drenaje institucional», como lo denomina Sanmartín, no lo posee ningún otro sistema actual. «El politólogo Walter Bagehot ya lo explicó en una obra todavía no superada. Un jefe de Estado republicano nunca podrá disponer de esa capacidad para encarnar a toda la nación, ni siquiera al Estado. El origen ideológico merma de forma sustancial ese potencial». La función moderadora del rey, por tanto, «cobra una importancia capital» que no se debe obviar, al igual que el resto de las que atesora.

Cara a cara
A lo largo de la charla, Sanmartín también se zambullirá de lleno en los orígenes de la animadversión hacia la figura de los reyes por parte de una minoría de partidos. Odio que hunde sus raíces en la equiparación del sistema con su vertiente absolutista, ya muerta y enterrada hace siglos. «Se trata de dos regímenes políticos diferentes. La Monarquía Constitucional o Parlamentaria ofrece equilibrio de funciones; control de legalidad; contenido democrático y capacidad de regeneración constante». A su vez, «puede reconstituirse de forma perenne hasta alcanzar nuevos límites para proteger mejor los valores constitucionales», lo que la convierte en el arquetipo de «la modernización plena».

Aunque lo que deja claro que son sistemas separados por kilómetros es que la monarquía constitucional ha incorporado, de forma gradual, principios republicanos. «Es un sistema que constituye de facto una fusión sincrética imposible de superar. El concepto de ciudadanía está fuertemente arraigado en el constitucionalismo de estados monárquicos, así como los preceptos sobre igualdad colectiva y libertad individual, junto a un extenso catálogo de derechos y deberes característicos también de un estado republicano», desvela el profesor.

Que este sistema se halla a la vanguardia lo ha demostrado este año un estudio de la revista «The Economist». De los 22 países considerados «democracias plenas» en su informe, 10 de ellos contaban con un rey al frente de la jefatura del Estado. «Los niveles de desarrollo humano, bienestar material o servicios públicos de las monarquías constitucionales y parlamentarias son altamente favorables. Noruega o Suecia están en posiciones relevantes en los rankings internacionales de calidad de vida», añade Sanmartín. Quizá el caso más flagrante sea Australia, cuya sociedad apostó en 1999 por mantener a su soberana para evitar la mayor politización del país. Un problema que, confirma el politólogo, ya tiene España por culpa del poder excesivo de los partidos y que se agravaría en el caso de que arribara una república.