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Carta de una camarera desesperada: «Estamos asfixiados. Buscamos soluciones»

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Mi nombre es Carolina, y desde hace poco más de cuatro años vivo en Puerto Banús. Lejos de llevar una vida de jolgorio, consumo, noche y despilfarro, soy una mujer de 35 años que trabaja desde los 11, llevo una vida sana y ordenada
trabajando en este maravilloso y agotador mundo que es la hostelería.

No conozco otra forma de vida que no sea la del trabajo, y es lo que le enseño a mi hijo de 17 años, al que crío y mantengo solo con mi trabajo y sin problemas hasta ahora.

El invierno pasado cogí el paro por primera vez en mi vida, por cambio de empleo, y al entrar a trabajar de nuevo el 15 de marzo no he solicitado ninguna ayuda más.

El comienzo del estado de alarma por la pandemia de coronavirus nos pilló a todos los que nos dedicamos a este sector esperando, como cada año, el comienzo de la temporada para echar horas interminables, semanas y hasta meses sin descanso (en julio y agosto) para ganar un sueldo básico, pagar nuestras cuentas y, con suerte, solo con mucha suerte, juntar algún duro extra para darle un gusto a nuestros hijos, pagar el dentista o mejorar algo de la casa.

No voy a hablar de nuestro futuro, porque a la vista está lo que va a sucedernos, pues somos desechables, pero por años hemos sostenido la economía, el flujo de dinero en los pueblos y ciudades costeras, gastando y consumiendo aquí, donde sea que viva cada uno.

En mayo me han ingresado 266 euros, alegando que para que pudiese administrar mejor mi economía me lo ingresaban antes del día 10. Sí, para vivir durante todo el estado de alarma, encerrada en mi casa con mi hijo, sin poder pagar absolutamente nada, y recibiendo correos y llamadas de estudios jurídicos reclamando el pago de luz.

En total recibo más de una docena de llamadas al día de distintas empresas, desde diferentes ciudades, y cuando acabas de explicar por enésima vez lo mismo, que cuando puedas vas a pagar, te dicen que dejan registro en el sistema y al rato otra llamada por lo mismo.

¿Es que acaso a la incertidumbre, ael empobrecimiento económico, al paro absoluto de actividades, al debilitamiento físico y mental, hay que sumarle el acoso? ¿Cuánto más creen que vamos a aguantar? ¿Quiénes han cobrado las ayudas? ¿Por qué cuesta tanto que alguien dé una respuesta eficiente? Estamos asfixiados. Buscamos soluciones.

* Carolina Silbert vive en Marbella.

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