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Los «noruegos» de España

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Entre la multitudinaria prole nacida de nuestra displicente amnesia histórica, hay casos especialmente llamativos, como el del inglés George Borrow y su obra, famosa en muchos países excepto en el que es su protagonista absoluto, La Biblia en España.

Este escritor y políglota fue uno de los viajeros más atrayentes y agudos que nos visitaron. Lo hizo entre 1836 y 1840 como agente de la Sociedad Bíblica Británica. Su osada misión: vender Biblias protestantes en la España decimonónica.

La Biblia en España es una joya trufada de multitud de datos históricos, etnográficos o sociológicos, aderezados por las asombrosas anécdotas y aventuras de su autor. En su celo evangelizador, fue pionero en traducir textos bíblicos al vascuence y el caló -lengua que llegó a dominar-, lo que motivó una de sus estancias en la cárcel.

Publicada en 1843, obtuvo un fulgurante éxito internacional y ayudó a difundir esa imagen de España que tanto cautivó a literatos, compositores y artistas. La famosa Carmen de Mérimée o la ópera homónima de Bizet se inspiraron en ella. Baroja y Unamuno admiraron a Borrow, inagotable fuente de datos para sus obras.

Y, sin embargo, no se editó en España ¡hasta 1921! La traducción corrió a cargo de Manuel Azaña, que dejó esta magistral semblanza del inglés: «los gitanos le adoraban; era la admiración de los ‘manolos’, temíanle los picaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar los ojos al soberbio».

En 1837, Borrow viajó por tierras leonesas, camino de Galicia, y quedó impresionado. Así, tras cruzar el Puerto de Manzanal, refiere que «apenas podía creer que estaba en España», por la frondosidad del paisaje. De las montañas de Bembibre escribe: «a la belleza apacible de un paisaje inglés, júntase allí un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no querrá abandonarlos jamás».

Pero, sin duda, sus cogitaciones más interesantes las dedicó a la Maragatería. En julio llegó a Astorga, capital del «país de los maragatos», a los que define como «la casta más singular de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de España». Según él, este gentilicio delata su origen: significa moros godos. Y su «pergeño difería muy poco del de los moros de Berbería (…), llevan afeitado el cráneo y solo se dejan un ligero cerquillo de pelo en la parte inferior».

Al margen de su ropaje, le impactó el físico de los maragatos, a los que considera una raza pura, «reliquia de aquellos godos que tomaron partido por los moros invasores de España, y adoptaron sus (…) costumbres y traje». Es «evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los salvajes hijos del desierto», y añade que «con dificultad se encontrarían en las montañas de Noruega tipos y rostros más esencialmente godos que los maragatos».

Le sorprende su fuerza atlética y su «pronunciación áspera y fuerte», tanto que, al oírlos hablar, le parece escuchar «a un campesino alemán o inglés que intentara expresarse en el idioma de la Península». Además, «como verdaderos hombres del Norte, son aficionados a la bebida y se regodean en las comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan rozagantes». Otro rasgo inequívoco de su pura ascendencia gótica.

De temperamento flemático, pues «con dificultad se encolerizan», son, en cambio, «peligrosos y extremados» cuando se les incomoda. Tanto, que es preferible «afrontar a diez valencianos, pueblo mal notado por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a un solo maragato irritado, por flojo y embotado que sea en las demás ocasiones».

Como arrieros, su principal dedicación, monopolizaron «casi todo el comercio de la mitad de España», a pesar de cobrar el doble que otros del oficio, pues «su fidelidad es tal, que cuantos han utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid». Siempre dispuestos a defender sus mercancías «aferrados a ellas (…), a tiros o con su propio cuerpo si caen en la pelea».

Triunfó don Jorge en su afán de retratar a la España de la época. Para su desgracia, no gozó del mismo éxito en su misión evangelizadora. El escritor Alfredo Conde contaba cómo los campesinos gallegos, tras dejarlo hablar y, cuando el británico creía haberlos convencido, le contestaban para su desesperación: «Pero, don Jorgiño, si no creemos en la religión verdadera, ¿cómo vamos a creer en una falsa?».